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El niño y la lluvia tras el cristal

La tormenta de la espera

El niño y la lluvia tras el cristal

La lluvia caía sin prisa, como si tampoco tuviera nada mejor que hacer. Él apoyó la frente en el cristal frío y dibujó con el vaho un círculo imperfecto, su pequeño portal hacia fuera.Las gotas resbalaban en carreras desordenadas, algunas ganaban, otras se quedaban atrás, y él decidió que eran exploradores bajando una montaña invisible. Siguió una con la mirada, concentrado, como si de su destino dependiera algo importante.Dentro de casa todo estaba en silencio. Demasiado silencio.Afuera, en cambio, el mundo parecía moverse solo para él. Y por un momento, sin saber muy bien por qué, dejó de estar aburrido.

La tormenta de la espera

No llovía fuera, pero dentro sí.Sentada en el banco, con las manos entrelazadas y los pies apoyados en el suelo, notaba cómo algo crecía en su pecho. No era miedo, no exactamente. Era más bien un ruido. Como truenos lejanos que se acercan sin prisa, pero sin detenerse. Miró a los demás sin verlos. Algunos hablaban, otros estiraban, otros parecían tranquilos.
¿Cómo podían estar tranquilos?
Cerró los ojos un segundo.
Respiró. Uno... Dos...
Pero entonces empezó:
¿Y si fallas?
¿Y si te equivocas?
¿Y si no es suficiente?
El viento soplaba fuerte ahora, levantando pensamientos como hojas secas que chocaban unas con otras sin orden. Se llevó la mano al pecho. Latía rápido. Demasiado rápido.Intentó recordar por qué estaba allí.
Las horas... Los días... Todo lo que había hecho para llegar a ese momento.
Y, por un instante, la tormenta dudó.- Siguiente participante…El mundo volvió poco a poco, como cuando deja de llover. Y entonces lo oyó.Su nombre.La tormenta no desapareció. Pero ya no estaba en contra.Ahora empujaba a su favor.